Una mirada inocente

Hoy, siempre es hoy,
el sol era sedoso,
brillaba con la palidez del otoño.

Sentado en un banco
de cualquier parque,
no importa el lugar,
estaba el hombre mayor,
acompañado de otros hombres,
también ancianos.

Estaba la fuente,
con el agua siempre fluyendo.

Estaba la pareja adolescente,
en un rincón aislado,
apresurada para el amor sin freno.

Estaban los árboles,
plantados en su silencio inocente.

Estaban los perros,
jugando alegremente en su libertad vigilada.

Más lejos,
había ruido,
el sonido frío de las máquinas
que excavan en la tierra.

Había objetos con forma humana,
que deambulaban hacia no se sabe dónde.

Había el movimiento,
siempre sin pausa,
de los coches con prisas.

Y estaba la muralla,
que rodeaba al parque,
a la fuente, a los ancianos,
a los perros, a los árboles,
a los coches y a las excavadoras.

Y este parecía el límite de los sentidos.

Pero más acá, sentado en el banco,
había algo sutil e invisible.

Este Silencio que está en otro espacio,
no dentro de las murallas de la mente,
donde existían todos estos objetos
que aparecían a nuestro paso.

Y era Belleza, Inocencia,
que nunca fue tocada por las manos del hombre.

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