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¿Quién Soy Yo?Aspectos prácticos del Vedanta Advaita.

No dualidad

Mirando de cerca a la Muerte.


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Hoy es el día de los difuntos.

Fui caminando al cementerio de mi ciudad. Me apetecía dar un paseo.

Es otoño. El otoño es una estación que invita a la introspección.

El día amenazaba lluvia, aunque el sol parecía jugar aún a rebelarse, a no esconderse definitivamente a su morada de sueño.

Igual que caen las hojas de los árboles, el cuerpo declina y es abandonado al final de nuestros días. Es el otoño del cuerpo. Es el entierro de nuestra mente, con todos sus recuerdos, experiencias y expectativas no cumplidas.

Ver caer las hojas de un árbol, nos recuerda nuestro tiempo de existencia, nuestra caducidad y nuestra evanescente finitud.

Si uno se toma como un individuo, todo esto es muy real. Una persona con una mente limitada, sólo ve el mundo como un espejo de sí misma. Los demás son objetos (sujetos) separados con similar forma física y con mentes modificadas por su entorno cultural, familiar y social. La mente tan sólo puede proyectar aquello que experimenta como propio.

La decadencia del cuerpo es vista como un proceso de destrucción y acercamiento a un final irremediable. Algo inevitable, doloroso y angustioso.

Negar esto es no asumir los hechos. Por muy idealista que uno sea, la sombra de la muerte es la espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas.

Este cementerio que visito es aún un lugar acogedor. Acogedor en el sentido de no parecerse a los modernos espacios silentes fríos y despersonalizados de nueva construcción.

La muerte se desplaza fuera de las urbes. Es la huída hacia adelante, la irreflexiva actitud de una sociedad que vive del pasado y no actualiza su historia.

Es la paradoja del pensamiento que alaba el concepto de familia, pero que olvida a sus antepasados en el basurero del orbe.

Pero este camposanto aún permanece dentro de mi ciudad. Conserva las miles de memorias, con todo su dolor y sufrimiento, de los residentes ya despojados de sus familiares y amigos. Seres humanos que murieron en cruentas guerras, asesinados, niños inocentes que prematuramente dejaron de respirar y personas mayores que sufrieron enfermedades y dolencias inevitables que les acompañaron al final de sus días.

La muerte no conoce edades, ni hace distinciones de clases sociales, ni tan siquiera pregunta a padres, madres o hermanos si dan su conformidad para ser entregados a la Tierra que les vio nacer.

Este manto de pensamientos cubría aquel espacio, donde podía escucharse el silencio de la muerte como gran emperador y guardián de este templo.

Uno no tiene la libertad de elegir su forma de morir, ni su tiempo, ni tan siquiera la manera de abandonar esta existencia. Aquí la ley la marca algo ajeno a la voluntad del ser humano. Este solo puede resignarse, lo cual no es aceptar este evento, sino una manera de sufrir en silencio, de interiorizar el temible dolor de la separación y la imposibilidad de superar la aflicción que crea el apego al fallecido.

En realidad, este dolor es el dolor propio, no reconocido, pero que se expresa inmerecidamente a través de la pérdida de algo que se considera propio y que se desea permanezca en el guión del personaje que añora el recuerdo y no se resigna a la ruptura de esta película vital. Esta lucha entre el recuerdo y el hecho en sí mismo, genera el sufrimiento, la aflicción, acompañada de la añoranza, la tristeza y la pérdida de algo valioso en nuestras vidas.

Hoy el cementerio estaba muy visitado.

Podían verse personas vestidas de negro, sentadas alrededor de las tumbas de mármol, hablando o simplemente discutiendo sobre cuestiones mundanas, intrascendentes.

Esta irreverencia contrasta con el significado profundo de este Vacío que Somos, siempre disponible y que podía escucharse cuando uno es sensible a este dolor humano. Pero el ruido, la conversación intrascendente anegaba el corazón de esas personas, poca dispuestas a entrar en este espacio de no juicio, de arrebatadora metamorfosis de Vida Permanente y Sin Cambio.

Había un muro rodeando el camposanto. Y había un muro en los corazones de todos estos hombres y mujeres que no dejaba pasar la música de este espacio que no conoce fronteras. El hombre pobre con todos sus recuerdos sólo levanta más altura en esta pared de separación entre la Vida y la Muerte.

El hombre rico no aparecería hoy. Mandaría limpiar las tumbas de sus antepasados a alguien que no fuera él mismo, intentando olvidarse en su cómoda vida mundana de la inexorable llegada de la muerte. No mancharía sus manos con el polvo amontonado en las cruces y lápidas, para no mezclarse con el pueblo llano, ajeno a que todos somos uno y lo mismo. Él levanta muros en este mundo con sus juicios y opiniones basadas en su aparente superioridad, olvidando que la muerte le iguala al resto en el final de sus días.

Había flores sobre los nichos. Pero no desprendían el perfume de la flor fresca recién cortada, pues la mayoría estaban hechas de plástico para que permanecieran visibles a los demás. Como un escaparate de vanidades vendrían familias a mirar otras tumbas de otras familias, inspeccionando, comparando y criticando la de los otros, en un intento de rebajar las posibles cualidades del difunto y sus acompañantes. O simplemente, compensando con sus opiniones destructivas, sus carencias vitales y sus faltas, difícilmente expiables dentro de su entorno familiar.

Las flores, las coronas y los ramos de plástico permanecerían  para ser vistos como un signo o demostración de amor hacia el difunto, el cual, posiblemente, no disfrutaría de tantas atenciones en su vida sobre esta tierra.

Es tan compleja la mente humana, que uno no alcanza a comprender a veces los motivos de sus actos. Pero sí sus consecuencias. Permanecer atados al dolor que representa la esclavitud del condicionamiento impuesto.

La verdadera muerte no es conocida por el hombre común, atareado en su rutina diaria, siempre poco dispuesto a entrar a conocerse como lo que es. Él vive de imágenes dispuestas por otros, agregadas al recuerdo y a la memoria.

Verdades indirectas.

Este mundo conceptual de la mente humana es tan frágil, aunque se considere seguro. La única certeza es esta muerte, que no es un final del cuerpo, sino un acompañante permanente agazapado en cada gesto diario. El envés de la Vida, la otra cara de esta manifestación que llamamos Mundo.

Decir Mundo y decir “yo” es hablar una misma cosa. No dos cosas distintas, sino un mismo latido inseparable para el que vive despierto a esta Conciencia.

El ser humano no conoce la verdadera esencia de la Muerte, su belleza, que supera a la de la Vida.

Esta muerte del cuerpo no significa nada, ya que el que habita el cuerpo no sabe de este aparente despojarse de ropaje.

Hay una Muerte. Pero esta Muerte es una comunión con la Vida, con lo ilimitado, con lo Inexpresable. Y todo esto llega cuando se abandona esta noción o concepto de “yo” como centro de percepción del mundo. Aquí, entonces, se derraman lágrimas, pero no de dolor, sino de alegría y contento por este maravilloso descubrimiento, aparentemente oculto pero siempre disponible para un corazón que anhele la Verdad.

Y es como la lluvia del otoño…una bendición sobre los árboles y el manto que cubre esta Tierra maltratada por el hombre, siempre fértil y que continúa confiando en su redención.

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