Mi mensaje

El amigo…no el gurú.

Cuando no tienes que enseñar nada a nadie, cuando tan solo compartes un mensaje, el efecto de aprender se multiplica. Aprender no como educar, ni como acumular, ni como corregir, ni como modelar al otro.

Es un intercambio de preguntas y respuestas que uno hace al otro, para descubrir lo verdadero en lo falso.

Es creativo en sí mismo, pues uno no controla la conversación, sino que ella toma el camino que la espontaneidad del encuentro diseña en su siempre presente. Encontrar una persona que no haya atesorado prejuicios, opiniones, creencias, ideologías (políticas o religiosas) no es suficiente.

Se necesita que el otro (que es uno mismo) sintonice la verdadera escucha, sin predilecciones. Escuchar es una ciencia…y un arte en sí mismo.

No se trata de empatizar con las emociones y la mente del otro, sino…simplemente escuchar.

Escuchar vacío de palabras, de conceptos, con todo el cuerpo y la energía disponible del presente. Sin barreras, con total disponibilidad, como cuando descubres un nuevo paisaje que no ha sido visitado otras veces.

Esta escucha es expansiva, no contractiva.

El poder contractivo del ego, con toda su tribu de chismorreo constante, no tiene cabida en este escuchar.

En cierta manera, es la salud perfecta, el estado perfecto y la tierra virgen para sembrar la semilla del despertar.

Un encuentro así trasciende a la propia persona.

Es como el manantial de agua fresca que desborda la vida.

Uno se convierte en copa y puede brindar con el otro, que es uno mismo, liberando toda ilusión de falsa separación.

Encontrar un amigo así es un privilegio reservado para aquellos que subieron a la montaña, ligeros de equipaje.

Es un descubrimiento en sí mismo, donde la cima del respeto, del amor al prójimo y de la comunión más allá de las palabras, resplandece en plena soledad, silencio y libertad.