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No dualidad, Yesod
¿Quién Soy Yo?Aspectos prácticos del Vedanta Advaita.

No dualidad

Investigando más allá de las palabras.


palabraLa palabra no es el hecho.

Escribir es ciertamente un acto reflexivo, intelectual, no natural. Encadenar frases y articular un discurso presenta ya un nivel de complejidad más elevado. Lo escrito permanece en la memoria de las personas que lo leen y ayuda a comprender el mensaje del escritor.

Pero como técnica que aparece como consecuencia del nacimiento del lenguaje tiene sus propias limitaciones.

Limitaciones de índole cultural, semántica y experiencial.

Ciertamente una cosa es describir una experiencia y otra muy distinta es la experiencia en sí. La narración de un hecho no puede nunca alcanzar ni por asomo al hecho en sí.

La palabra desconectada del experimentador que la articula tan solo asoma a reflejar una secuencia de imágenes o provocar sentimientos en aquel que las lee.

La palabra si tiene una utilidad en el proceso de investigación es la de aclarar la mente del receptor, aunque previamente el emisor debe tener un grado de lucidez que transmita claridad y despeje todo el entramado de ideas confusas.

Por tanto, existe un filtro muchas veces no reconocido por el lector que enmarca la experiencia del narrador en la experiencia del lector.

Si la experiencia del lector es similar a la del escritor, entonces puede ser reconocida, no sin antes de ser identificada en el ámbito de lo vivido por ambos.

La interpretación es una escucha incompleta.

Si la experiencia o lo descrito es novedosa para el lector, entonces no es reconocida, abriendo el camino de la duda que anhelante de encontrar asiento, se abre camino entre los espacios de la mente.

La duda como método de investigación del yo.

Si el investigador no dudara de las afirmaciones del narrador entonces se produciría un anquilosamiento de conceptos, que de manera gradual e inconsciente, muchas veces, se convierte en un sistema de creencias más vasto para garantizar la permanencia de las propias creencias.

Hay que reconocer que la duda es incómoda, pues la búsqueda de seguridad psicológica en el ser humano ha invadido todas las esferas de su actividad diaria. El hábito, la rutina, la mecanicidad a la que nos vemos sometidos alimenta la cimentación de nuestra estructura psicológica, ansiosa de encontrar “verdades” donde hacer hogar.

Por esto, la duda razonable, se presenta como un instrumento muy valorado para la investigación del yo.

Esta duda, que no es escepticismo, sobre los objetos pensantes de nuestro universo mental, puede tomar dos caminos distintos:

  • la autopista de la opinión personal, que habitualmente toma como referencia una creencia o prejuicio basado en una experiencia anterior.
  • la vereda más estrecha y menos habitual de la indagación interior, que toma no solo al objeto pensante como foco a investigar, sino al instrumento que se utiliza para ser investigado.

Cuando en el entorno del crecimiento interior, se toma el camino de sacar opiniones que desembocan en conclusiones sobre los objetos pensantes, se cierra el camino de la investigación. Uno toma como cierto esta llegada a puerto, como asiento, muchas veces temporal de descanso. Y si uno busca una respuesta rápida, seguramente caerá en realizar un juicio de valor, una crítica destructiva o una desvalorización sobre el objeto pensante.

Si se elige la segunda opción, el movimiento del propio pensamiento se vierte sobre la propia raíz del problema, no es un finalizar, sino un mantener, como llama ardiente en tus manos,  esta percepción como única pregunta que desvelará por sí misma su respuesta en los niveles más profundos de la mente. No existe por tanto, un concluir, ni un asidero donde la pregunta se esconda, sino que el propio pensador examina, observa e ilumina los rincones, los matices y todo el movimiento que despliega, sin analizar, sino globalmente, el objeto pensante.

Cuando en el primer nivel caemos inconsciente y ansiosamente en encontrar una respuesta, que generalmente no es la nuestra sino la de otros, perdemos la oportunidad del descubrimiento. Así aparecen las innumerables controversias, opiniones y sesgos sobre cualquier aspecto que en materia de las enseñanzas espirituales se dan a menudo.

Un maestro realizado no puede reconocerse.

Es muy frecuente la polémica de muchos individuos que se califican a sí mismos de estudiantes serios, en imponer un modelo de comportamiento y una calificación, verdadero o falso, sobre el nivel de conciencia de algún gurú o maestro de la enseñanza.

Ellos se ven respaldados por sus años de experiencia dentro de este camino, cuando al menos deberían plantearse, si el tiempo transcurrido no está delatando una falta de comprensión y lucidez en sus propias mentes, posiblemente atascadas por tanto concepto, práctica o imagen interiorizada inadvertidamente de lo que “debe ser” un maestro realizado.

No existen unos parámetros para la mente dual que ayuden a encontrar en otro objeto pensante que en este caso, adopte la forma de maestro realizado, la prueba definitiva que garantice el nivel de no autoengaño y de estar más allá de la naturaleza dual.

Algunos apuntan a que en su presencia todas las preguntas cesan y el tiempo psicológico parece detenerse, ampliando el anhelo de liberación del estudiante. A veces, puede ocurrir algo distinto, ya que esto no es previsible ni una norma o directriz universal.

En todo caso, puede haber indicadores, pero no pruebas definitivas, cuya demanda sólo indican la inmadurez del que busca seguridad a la sombra de alguna autoridad externa.

Esto otorga a esta relación un amplio campo de respeto, en el que ambos se benefician, pues es una invitación a ser vivida este intercambio desde un foco más amplio, si el que pregunta está dispuesto a investigar, y si el que responde lo hace desde un ámbito donde no existe ganancia o transacción contable de tipo conceptual.

La mente simplemente puede proyectar aquellas imágenes impuestas por el condicionamiento y arrojarlas sobre otros objetos pensantes, y si en este caso es un maestro realizado, el estudiante tan sólo alcanzará a comprender en la medida de su propios y limitantes conceptos.

La experiencia solo es válida en las cuestiones mundanas.

En el camino advaita (si a esto se le puede denominar camino) el concepto de devenir no está aceptado, ni implícita ni explícitamente, como muchos sabéis. Puesto que si se acepta el tiempo como tal, caeríamos en la trampa de intentar embotellar al Ser-No-Nacido dentro de un espacio de causas y efectos.

En realidad, es una vía no conceptual, y en consecuencia, básicamente no-experiencial y de autoindagación en las raíces de la naturaleza de la Conciencia.

Si existe una verdadera comprensión, esta no se produce a nivel intelectual, sino que atraviesa la capa condicionada de la mente para tocar a niveles más profundos.

No tienen cabida, por tanto, la práctica, ni la experiencia del estudiante, la cual se considera trivial, tan sólo parte de la impresión en la cinta de la Conciencia como algo secundario, un subproducto del yo, de la memoria y del deseo de permanencia dentro de la manifestación dual.

No quiero decir con ello que uno se comporte con indiferencia ante los demás seres humanos, sino que estos contenidos vivenciales son solo secundarios, aunque inicialmente importantes como un medio para abrirse camino dentro de la autoinvestigación.

Si algo sucede cuando uno investiga, es que descubre que su sensibilidad antes limitada, ahora está alineada y equilibrada, pues los sentidos se comportan de una manera mucho más precisa.

El investigador se centra en la raíz del árbol, desde el que emana el tronco, la rama, las hojas y las flores. Si se centrara en investigar otra cosa que no fuera la raíz, estaría perdido en la multidiversidad del fenómeno, en la consecuencia y no en la causa, aparente por cierto, que da visos de realidad a todo el complejo cuerpo-mente.

Si existe una “práctica”, ésta consistiría en responder en cada instante, sin el filtro de la memoria ni la anticipación.

Esta respuesta no pertenece por tanto al tiempo.

Esto es un objetivo imposible para la mente, pues ella siendo el obstáculo principal, no puede vivir el presente, que en realidad es un espacio de no-tiempo, espaciosidad en sí mismo.

Se hace evidente pues, que la mente son los pensamientos que nacen de la idea de un pensador, que en realidad es el pensamiento primario yo-yo. Éste es el origen de todo el conflicto y separación, pues sueña estar separado del propio pensamiento, como si dentro de nuestra cabeza hubiera un personaje que dirigiera y controlara aquello que denominamos “nuestra vida”.

Atravesando las espesas capas de las creencias.

A medida que se investiga la naturaleza de esta Conciencia, se abandona el mundo de las opiniones y creencias, que no son más que proyecciones de la mente que intenta no investigar su propia naturaleza, obstaculizando el camino de su propia destrucción.

Una pérdida aparente que se vive como desengaño, frustración, desesperanza y anhelo de encontrar la verdad, aunque ciertamente, una vez descubierto el engaño, se comprende que nada se perdió.

En este estado de no-mente uno se autodescubre con asombro casi infantil, y el presente que era una quimera, otorga un sabor muy distinto a todo lo que enfoca, pues es la renovación siempre constante, la actualización del simple y ordinario conocer, que no desea atesorar y encajar la experiencia dentro de un marco de aprendizaje cognitivo.

Aprender es por tanto un no-conocer.

Es puro experimentar pero sin experimentador, puro conocer sin el conocedor…un continuo descubrimiento de momento a momento, donde está disponible y contenida todo el abanico de posibilidades para el ser humano que se ha fundido con esta Conciencia que abraza todo lo manifestado sin límites.

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