El viaje

mayo 31, 2016 0 Por Yesod

Emprender un viaje es una aventura. Uno sabe que se va, pero no sabe si llegará a su destino.

El mundo es tan impredecible, con sus múltiples factores, que el hombre cree dominar. Una causa lleva un efecto, dicen las voces de los científicos con su limitado intelecto y sus explicaciones lógicas.

El erudito e incluso el estudiante espiritual se atreve a nombrarlo de forma diferentes: la ley del dharma y el karma. Uno sabe de primera mano la ineficacia de argumentar la Vida y sus relaciones, que escapan al control del pensamiento.
Esta mañana emprendimos un trayecto. Uno conoce el origen y por tanto el destino.

El primer paso es el último paso.

Adentrarse en el camino espiritual es idéntico.

No hay carreteras hacia el cielo.

Si te guías por esta Conciencia, no te desviarás de tu ruta. No había nadie conduciendo, y por tanto, no podía haber accidentes. Uno miraba el cuerpo y estaba allí pilotando el auto, pero este vehículo se conducía sólo. Tiene su propia inteligencia y uno se siente guiado por algo que le sobrepasa…algo enorme, mucho más grande que el paisaje que veíamos a nuestro alrededor.

Conducir con atención, simple atención, no con atención a algo en concreto, abre el abanico perceptual del momento. No había una atención concreta, focalizada en alguna parte de aquella carretera, ni siquiera a las señales plantadas a su paso. Ni incluso a los coches conducidos por otras personas. Todo era un fluir del momento. No había conductor, no había nadie. Tan sólo conducir.

Es pasmoso este estado de no hacer nada, pues Él se encargaba de guiarlo a uno, de llegar sano y salvo a su destino. Las señales del camino no le despistaban. Eran señales construidas por el hombre.

Esta carretera la transita todo el mundo. Uno se sentía más inclinado a desviarse a conducir por el sendero solitario, que es en realidad el camino más corto. El que no deja huellas. Pero este era para los pocos.

Este sendero no deja huellas y nadie puede seguirlo. Es el sendero del que holla con sus pasos el propio sendero. Pero esta Conciencia es tan compasiva que no permitió al conductor desviarse del camino que transitaba el hombre práctico.


Un enorme tráiler estaba delante. Él no lo vió como un obstáculo, sino más bien como un apetecible receso en el trayecto sin tiempo. Se olvidó de Sí Mismo y se sintió protegido y agradecido a este enorme vehículo que le acompañaba. Fue fácil adelantarlo. Incluso aunque existía poco visibilidad y empezaba prontamente una curva peligrosa. Pero la convicción de estar siempre sano y a salvo es tan potente y certera, que no había duda en quien conducía.

Dar gracias es la mejor oración para lavar la Conciencia, dejarla limpia de toda mancha.

Es la mejor lavadora del mercado.

Y además es la que menos tiempo y energía consume.

Ser agradecido es Ser-en-bondad y santifica el momento presente, devolviéndote a tu centro real.

El sol hizo un guiño y supimos que ese sol era uno mismo aprobando toda acción sin esfuerzo.

Ser sin esfuerzo es verdaderamente Real.

Esta ausencia de tensión no se logra mediante gimnasia espiritual o terapias mentales.

No puede practicarse.

Es un surgimiento espontáneo, donde se descubre la disolución, que no desaparición de la personalidad. Cuando esto se ve, hay un click de ajuste dentro de uno. El cuerpo, la mente y la Conciencia, aparentemente separados, se solidifican, anclando el presente.

No es un conocimiento cerrado, sino un continuo aprender, activo, vivo, que moldea la Vida y no puede ser controlado, porque no hay nadie allí dentro controlándolo.

El campo sanaba el ambiente. Las vacas pastando, la cima de la loma y el aire fresco eran un cuadro maravilloso de colores, sensaciones y alegría. No como los cuadros muertos de las exposiciones y museos, que son producto del pensamiento modificado de las personas. No. Era creatividad viva, dinámica, fresca. Era la metafísica del arte y la simplicidad evidente.

Llegamos a un río y lo atravesamos sin problema. El puente era uno mismo…este conocer de forma directa cruza la orilla de los dos mundos aparentemente separados. Y al cruzarlo advertimos que el hombre siempre nada contracorriente intentando buscar la cima de la montaña para ver su origen. Y que estaba totalmente engañado.

Era lo opuesto. Ir a favor de la corriente, para disolverse en el mar, no remar con esfuerzo por alcanzar lo que es lejano, sino surfear a favor de la vida, con todos sus encantos y decepciones. Abrazando lo agradable y desagradable, no excluyendo nada.

Pocos se suben al barco que les llevará a buen puerto. Prefieren las hazañas imposibles y los méritos del mundo.

El que se lanza a este barco no será dañado por el mar del Samsara, el cual se ha tragado a ¡tanta humanidad…! Uno tiene que tener sed de liberación, como cuando el subsahariano busca en el nuevo mundo la libertad, que es el pan de los pobres.

Ya quedan pocas plazas. El barco va a partir.

El que conduce el barco no es uno, sino Él. Por eso cuando advertimos del peligro nunca miramos atrás. Si el bosque se quema, la gacela huye al valle.

Cuando alcanzamos nuestro destino, entonces descubrimos un pueblo de casas blancas, sin puertas, donde todo el mundo se detiene a saludarte. No existe tiempo para sus habitantes que descansan del trabajo del campo y disfrutan de su cosecha.

Una manada de pájaros sobrevolaba el cielo.

Y supimos que éramos como ellos libres, inocentes y que estábamos más allá de las garras del miedo, del mundo y del sufrimiento.

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