El ciprés me lo mostró.

La naturaleza es el templo del Ser. En ella duerme, reposa y rebosa la Vida. Allí el pensamiento limitado del ser humano, que intenta imitarla, no puede siquiera acercarse. La mente, que es solo un concepto, es la energía dividida y divisiva de la Vida tomando forma a través del objeto-hombre. Es la parte arrancada, estrangulada y siempre anhelante de la perdida Unidad de donde surge. Es como el niño perdido en el bosque, que grita el nombre de su madre, suplicando su presencia, cuando ella siempre supo que se encontraba a su vista, a salvo.

El árbol es esta Conciencia de Niño que no tiene nombre. Él no se reconoce como árbol. Ni se engalana para agradar a otros árboles. Ni tan siquiera compite con su vecino para obtener más lluvia de las nubes generosas. Si uno lo observa con los cinco sentidos, puede palpar el alma que habita en los objetos. No necesita la palabra para conocer en profundidad el sentimiento-esencia que lo permea. Esto no es cuestión de adiestramiento, ni de educación de los sentidos, sino que es un puro conocer, directamente, sin filtros, aquello que es observado. Tampoco es cuestión de intentarlo, pues el propio esfuerzo, por mínimo que sea, distorsiona la percepción de lo observado alejándolo del presente. Más bien se trata de un juego infantil, amoroso, como cuando descubres por primera vez la hormiga que lleva sobre su cuerpo un sencillo grano de trigo. Simplicidad, falta de interés o ganancia son los ingredientes para descubrir por sí mismo, aquello que es evidente, no auto-creado por el pensamiento. Acercarse con ojos de explorador, curiosos por desentrañar en el aquí y ahora el deleite del espectáculo que se nos presenta por pura diversión.

Cuando uno mira el ciprés que se le presenta en el camino, puede entender su significado oculto para los ojos opacos. Esa energía no contractiva, que no viene de nadie ni de ninguna parte, y que no tiene límites, desvela cuando uno se acerca, la enorme importancia del árbol solitario. El ciprés no conoce la soledad, pues está ausente de foco. No sabe que existe. En este no saber hay una cualidad muy sutil y tremendamente poderosa. Es el mismo poder que a uno lo conduce, no tan solo hacia su presencia, sino que ésta es la Presencia que habita dentro de uno. Uno lo percibe dentro de sí mismo y a la vez fuera, como si naciera de las entrañas del que lo observa y uno mismo desapareciera por completo de escena.

El ciprés da su mensaje a los cuatro vientos. Sin palabras, sin recompensas y sin vanidad. Su corteza es rugosa como la piel de un elefante. Y su tronco, fino y siempre recto, hunde firme y profundamente sus raíces en la tierra. Esta tierra que es ilusión de la Conciencia y de la que se alimenta para despertar del sueño. Sus ramas siempre apuntan hacia el cielo. No como otros árboles que ofrecen a ambos lados sus delicados dedos. No es fácil escalar a él, pues sus ramas comienzan más allá de la vista del hombre que desea dominarlo. No ofrece flores, ni frutos comestibles para el hombre. No tiene recompensas materiales que ofrecerte. Pero tiene un regalo para aquel que sabe acercarse a él con una mirada inocente. El ciprés es seco, de hoja perenne, mostrando con su eterno ropaje su estabilidad en su atuendo. Es como la llama de una vela, que es esta Presencia que es uno, representando en su forma y expresión, el fuego continuo de aquello que permanece. Es la plegaria de manos unidas del devoto anhelante de la visión de Dios. No es casual que se ubique en los camposantos…aunque cualquier campo es por naturaleza santo para el que te escribe. Es el árbol que representa la muerte. No la del cuerpo, sino la del pensamiento divisivo que esclaviza al sufrimiento. Porque el que comprende esta Muerte, que es la Real, puede descifrar las palabras ocultas de la Vida. Y es que a esta Vida sólo se accede por la Muerte. Una Muerte constante que como sombra empuja a la Vida. Uno siente un inmenso respeto por la Muerte, que presiente y siente mucho más profunda que la Vida. Es como el rio profundísimo y subterráneo que alimenta el despliegue de lo manifiesto. Su inmensidad no tiene orillas y puede decirse que ante ello uno no es nada, insignificante, como una mota de polvo flotando en el universo. Es reverencia ante lo apercibido y que se le presenta como incuestionablemente sagrado.

Hoy me dio este mensaje el ciprés para ti:

Sólo conocerás la Vida, viviéndola plenamente, hundiendo tus raíces tan profundamente como yo. Yo soy la rectitud y la verdadera austeridad. Yo soy la anhelante canción que susurra al oído a quien a mí se acerca. Yo soy el secreto escondido y a la vez abierto. Si no te distraes en mis ramas, yo te llevaré hasta el cielo y más allá, que es también aquí mismo. Y en esta Soledad ya nunca te sentirás solo, ni tampoco aislado. Tú tan solo salta, y en esta confianza, tus alas, que no son brazos, te llevarán muy lejos de la vista de este mundo transitorio…porque ese insignificante ciprés que te habla… Soy Yo.

Y sólo porque él me lo dijo,…, hoy lo comparto contigo.